
El 30 de mayo de 1588, después de innumerables retrasos, partió de Lisboa la gran armada reunida por orden de Felipe II. Alineaba 127 navíos, entre galeones, galeras y transportes de toda clase. Ya antes de salir, los ingleses, que estaban aterrorizados ante sus dimensiones y su poder, la bautizaron como Grande Armada. Se consideró la partida de aquella “selva de mástiles” un acontecimiento tan importante que su intención y su orden de batalla ya se conocía por numerosas impresiones en Amberes antes de que los navíos llegaran al Canal de la Mancha. La mayor parte de los contemporáneos, sin embargo, poco podían hacer, salvo especular sobre el resultado de la empresa y encomendarse a la forma de Dios en la que creyeran. Sigue leyendo






