
En agosto de 1914 el más vasto movimiento militar jamás visto se había puesto en funcionamiento en la frontera de Alemania con Bélgica y Francia. Los ejércitos del kaiser se apoderaron de las fortalezas belgas de Lieja y Namur y, conforme a los dictados del meticuloso y atrevido Plan Schlieffen, se dispusieron a enfrentarse a los soldados franceses y británicos. Para el 21 de agosto, los franceses habían cosechado una serie de desastres en sus proyectos ofensivos en Alsacia-Lorena, sufriendo tremendas bajas a causa de sus tácticas de offensive à outrance basadas en ataques a la bayoneta contra las posiciones de ametralladoras de los alemanes. La confusión y el desacuerdo reinaban también entre los generales, entre Joffre, generalísimo francés, y Lanrezac, jefe del V Ejército, sobre el que iba a caer el ataque de los ejércitos alemanes que, en el ala derecha del avance, constituían la mandíbula que tenía que practicar el envolvimiento en torno a París. Los soldados de ambs bandos habían marchado durante días, bajo el calor de uno de los agostos más espléndidos que se recordaba, con equipos pesadísimos y uniformes que parecían haber sido diseñados para la guerra en el Ártico. De camino al norte, los británicos pasaron junto al monumento conmemorativo de la batalla de Malplaquet (1709). Estaba en marcha la batalla decisiva que uno y otro bando habían pensado que solucionaria la guerra europea antes de Navidad. La realidad, como sabemos, fue otra muy diferente. Sigue leyendo














