
Un conflicto como la Segunda Guerra Mundial abarca mucho más que las grandes, y pequeñas, batallas y operaciones militares. Un conflicto como el sucedido casi a mitad del Siglo XX en el que se involucraron tantísimos países es bastante más complejo que la caída de Francia, el desastre alemán en Moscú, la carnicería de Stalingrado o el desembarco de Normandía. Quizás todas estas grandes batallas y operaciones son las que nos han marcado en nuestra mente el sendero en el transcurrir de los acontecimientos bélicos, pero, como casi todo en la vida hay mucha parte del juego que no es la protagonista, que no es la que aparece en los titulares de los periódicos pero que sin su participación se haría poco menos que imposible el resultado final y conocido por todos.
En este caso estamos ante algo parecido. Salvando las distancias con las grandes batallas ocurridas en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, el conflicto se vivió y se luchó también entre bambalinas, entre servicios secretos, entre operaciones encubiertas y entre gobiernos y gobernantes en el exilio. Inglaterra se convirtió en ese bastión que dio soporte a toda esta parte de actores secundarios, en esa base de operaciones que a todas luces parecía «intocable», tras la caída de Francia y una vez superada la primera crisis en la Batalla de Inglaterra, las islas se convirtieron en un fortín tanto física como psicológicamente para todo el orbe en su lucha contra el nazismo. Sigue leyendo






