
“Recordad, polacos, que nunca habéis desfallecido; vosotros, que habéis dado al mundo tantas pruebas innegables de vuestro patriotismo, ¡uníos frente a la agresión con vuestro valiente ejército en defensa de vuestros hogares! […] Cubrid con vuestros cuerpos lo que al hombre le es más preciado: vuestra independencia y vuestros derechos.”
Consejo de Ministros del Ducado de Varsovia, 16 de abril de 1809 – (Entradilla, pág. 34)
En la Europa de finales del siglo XVIII y principios del XIX unas naciones se sometieron de mejor o peor grado a los designios de la Francia revolucionaria, primero, y a los de la imperial, después; otras se dejaron arrastrar por esos innovadores ideales y hasta hubo quien sencillamente “se subió al carro vencedor”. Pero pocas, muy pocas, si es que hubo alguna, tuvieron tan justificada la adhesión a la causa napoleónica como Polonia, o para ser más precisos, como el pueblo polaco, puesto que del antiguo y antaño poderoso Reino de Polonia no quedaba nada: Rusia, Prusia y Austria lo habían descuartizado. Pero ¿eran resignados y conformistas los polacos? ¿se iban a quedar con los brazos cruzados y la cerviz doblada? Pues no, no y no. Sigue leyendo























