César en Hispania. La batalla de Munda. Desperta Ferro Antigua y Medieval

César en Hispania. La batalla de Munda. Desperta Ferro Antigua y Medieval

La guerra civil entre Julio César y los optimates liderados por Pompeyo fue un conflicto decisivo que marcó el fin de la República romana. Hispania desempeñó un papel crucial en esta contienda, ya que se convirtió en el último bastión de la resistencia pompeyana tras la muerte de Pompeyo en Egipto. Sus hijos, Cneo y Sexto Pompeyo, intentaron reorganizar las fuerzas republicanas en la península ibérica, lo que llevó a la última gran campaña militar de César antes de su consolidación como dictador.

La guerra civil había comenzado en el 49 a.C., cuando César cruzó el Rubicón, desafiando la autoridad del Senado y de Pompeyo. Mientras Pompeyo y sus seguidores se retiraban hacia Grecia, César se dirigió a Hispania, donde los pompeyanos aún controlaban importantes legiones. En la campaña de Ilerda, César logró someter a los ejércitos de Afranio y Petreyo, asegurando temporalmente la península antes de enfrentarse a Pompeyo en Farsalia. Sigue leyendo

Operaciones de Engaño, VV. AA.

Un grupo de catorce especialistas desgranan en este volumen, mediante ejemplos famosos y no tan famosos, los secretos de la guerra de engaño.

uenta el autor latino Tito Livio que, tras la batalla del lago Trasimeno, las fuerzas del general cartaginés Aníbal fueron sometidas a un duro bloqueo por parte del general y dictador romano Quinto Fabio Máximo. El cartaginés, desesperado por evadir el bloqueo, ejecutó la siguiente operación de engaño: puso a sus tropas a hacer teas, que ataron convenientemente a los cuernos de un gran número de toros (casi dos mil, según Livio) y, llegada la noche, Aníbal encomendó a su hermano Asdrúbal que condujera a las reses a unos montes cercanos a su campamento; en un lugar determinado, las teas se encendieron, lo que, desde donde estaban los romanos, y con ayuda de la oscuridad, «presentaba el aspecto de hombres que corrían por todas partes» (Liv. XXII, 17, 3). Las fuerzas romanas, al presenciar el sobrecogedor espectáculo, ni imaginaron que se trataba de una aglomeración de bóvidos. Los romanos que «estaban apostados cubriendo el paso del desfiladero, en cuanto vieron en lo alto de los montes sobre sí algunos fuegos, creyendo que estaban rodeados abandonaron su posición […]. Aníbal entretanto pasó todo su ejército a través del desfiladero» (Liv. XXII, 17, 4 y 7). Sigue leyendo