
Siempre resulta extremadamente interesante establecer comparaciones entre dos figuras históricas que siguieron caminos similares y tuvieron que bregar con los mismos problemas. En el segundo siglo de nuestra era, en pleno primer renacimiento de los Antoninos, el griego Plutarco realizó una serie de análisis paralelos en sus famosas Vidas, fuente de tantas novelas históricas actuales –algunas de las cuales, desde luego, no tienen en cuenta que Plutarco era un estoico al que le interesaba especialmente la reflexión sobre el poder y no un historiador en el sentido estricto del término, de manera que sus juicios deben ser tomadas con precauciones y no literalmente–; después, otros han realizado el mismo ejercicio: algo así hicieron también Brantôme y Voltaire, cuando la tradición moralista del análisis de los “grandes hombres” pasó a la tradición francesa. Y así también Macaulay, Marañón, etcétera.. Sigue leyendo


















