
Hacía tiempo que esperaba la llegada del número de Desperta Ferro del Desastre de Anual por la fascinación que siempre me ha provocado un suceso tan triste y desgarrador como poco conocido de nuestra historia reciente. Después de perder las últimas provincias de ultramar en 1898, España se metió en una aventura africana que, apenas diez años más tarde, acabaría por sacarle todas las vergüenzas y miserias de una administración corrompida hasta el tuétano.
Quizá, un poco, por volver a ser potencia colonial, o por un deseo de explotar unos supuestos recursos en una tierra inhóspita que se ponía al alcance. Quizá por no tener a Francia en dos fronteras, o quizá como colchón de tercero en discordia para que Alemania, Francia y Gran Bretaña tuviesen la fiesta en paz, y también puede que por un poco de todo ello, España se embarcó en una aventura incierta, el protectorado de la zona norte de Marruecos, el Rif, la árida tierra de las cábilas, las mehalas y las harkas. De la fusila y de los pacos, la tierra donde se desangraría la juventud española de dos generaciones encuadrada en las filas de un ejército corrupto retratado a la perfección por Arturo Barea, que lo describió con detalle en su segundo volumen de la celebrada trilogía La Forja de un Rebelde. Sigue leyendo






