
«Miles de hombres combatían sobre una estrecha lengua de tierra. Peleaba el de Parma con espada y broquel tanto contra los enemigos en pie sobre el dique como contra los que desde las naves intentaban desembarcar. Se alargaba la lucha hasta que, en un momento, se arrodillaron españoles e italianos e, implorando a Dios, arremetieron con fiereza contra los sediciosos y les ganaron el fuerte de La Palada. Todavía mantenían los rebeldes sus posiciones atrincheradas, desde donde disparaban causando numerosas bajas, pero enardeciendo aún más a los supervivientes, que siguieron avanzando hasta entrar en lo spuestos enemigos, matando a sus guarniciones. En vano intentaron los vencidos herejes huir en sus navíos. Estando la marea baja, los barcos encallaban y eran asaltados por españoles e italianos que, espada en mano y con el agua hasta el pecho, querían terminar lo que habían empezado y producían gran carnincería entre los aterrorizados rebeldes que, horas antes, habían cantado victoria».