Territorio Comanche, Arturo Pérez-Reverte

“Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. El suelo de las guerras está siempre cubierto de cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas,  y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando”. (Sinopsis de la  contraportada).

No sé vosotros, pero yo en el instituto en la asignatura de Lengua española, en vez de leer y estudiar los clásicos de la literatura nacional, se esforzaban en introducirnos en textos mucho más modernos. En mi humilde opinión esto tendría que deberse a que sería una época en la que se buscaban desesperadamente nuevos estudiantes para las facultades de Ciencias de la información, o que las editoriales tenían directamente comprados a los directores y jefes de estudios de cada centro de educación secundaria. Debe de ser algo de esto porque echábamos unas horas increíbles analizando la estructura de las noticias en periódicos y artículos de opinión, y las novelas que nos hacían leer, para luego realizar los pertinentes trabajos, eran casi todas de renombrados periodistas. Esto sucedía en mi último año con menor disimulo.

De casi todos los libros que nos obligaron a comprar y a sumergirnos a la fuerza no tengo muy grata opinión. La lectura es un placer y no tiene que ser una obligación y, cuando cambié de destino, en la vorágine que supone un mudanza y por librarme de empaquetar más volúmenes, agarré gran número de ellos (incluidos los que tuve que escudriñar para otras asignaturas lingüísticas) y se los regalé a los hijos de los vecinos de enfrente. Respecto a esta operación, tan radical como poco meditada, sufrí dos desagradables daños colaterales: primero, se me olvidó endosarles “El clan del oso cavernario”, libro que se me antojó bastante estúpido y basado en teorías antropológicas y sociológicas carentes, para mí, de lógica y que nunca me tragué (nos lo hicieron “chupar” para la asignatura de Filosofía (churras con merinas)); y segundo, que en aquel regalo literario iban, sin querer, dos de los libros de mi infancia con los que me evadía feliz de aquel mundo que no comprendía y que me resultaba tan hostil como estéril: el colegio donde sufrí la EGB. Los títulos de aquellas dos pequeñas obras eran “El viejo reloj” (o “El reloj del abuelo”, ahora estoy en duda, pero sé que era de Alfaguara y trataba de un niño que buscaba los números desaparecidos del reloj de pared de su abuelo) y “Un problema con patas” (de Aladelta sino me equivoco, en el que aparece un simpático setter irlandés llamado Catilina). Si alguien sabe de ellos y donde encontrar otros ejemplares, agradecería la información. Quizá, si mi linaje sigue adelante, me gustaría leérselos a mis retoños.

La razón por la que llegó a mis manos esta obra escrita bajo lo que ha venido a denominarse catarsis, fue hacer un trabajo en el que todos en clase nos teníamos que convertir en reporteros de guerra destacados en los Balcanes, debiendo recoger, en un artículo periodístico, la voladura del puente de Bijelo Polje, hecho que Pérez-Reverte emplea como una barra de la cual se van colgando, como si de perchas se trataran, las historias, las anécdotas, los amigos, los que no lo eran tanto, la desgracia y la miseria de la guerra a través de Márquez (cámara) y de Barlés, reporteros de TVE, los cuales cubren el conflicto acompañados de su intérprete nativa, una joven llamada Jadranka, la cual no tiene muy buena imagen de los españoles por las corridas de toros. Pero no solo desfilan ante nuestros ojos la guerra que marcó Europa durante los años 90 del pasado siglo XX, sino que también las experiencias en otros conflictos.

Páginas escritas por Pérez-Reverte rodeado de tiros, bombas, lágrimas y sangre. No obstante su redacción comenzó en Sarajevo en Agosto de 1993 y finalizó en Mostar en Febrero de 1994. Resulta harto difícil saber en algunos apartados donde está lo vivido en primera persona o lo contado por compañeros de profesión en algún hotel cuya estructura aún seguía en pie, respetado a medias por los contendientes. Compañeros quizás ya muertos a razón de la siniestra estadística o juego que auguraba el momento en el  que uno de ellos iba a ser abatido.

Es un libro breve, escrito con cierta amargura, pero con firme convencimiento de la importancia del reportero de guerra (la cual se inició de forma profesional en la Guerra de Crimea, exactamente relatando la célebre Carga de la Brigada ligera). Escrito también con admiración a muchos de sus compañeros, sobre todo para José Luís Márquez (al cual está dedicado), pero también con muestras de desprecio dirigidas a unos pocos (los cuales se pueden reconocer fácilmente en algunos pasajes).

El lenguaje empleado es directo y contundente, pero, gracias a Dios, todavía no habíamos llegado al Pérez-Reverte de cadencia de una palabrota por frase. Se sirve de expresiones y términos periodísticos y técnicos que hace que nos mezclemos con estos profesionales tan necesarios y ya tan habituales en nuestras vidas desde la Guerra del Vietnam o desde la retransmisión de un conflicto en directo por la televisión como fue la I Guerra del Golfo Pérsico.

Es una obra cruda con escenas como la de aquel hospital habitado por ancianos enfermos que no podían huir de sus camas, abandonados a la suerte que les tenía preparada la Guerra, o como aquella otra en la que los reporteros se reunían para ver los últimos minutos de barbarie filmados por algún cámara que volvía del “fregao”, regresando del infierno para pasar unas horas en la tranquilidad aparente del hotel internacional. Pero, por ello, no es que esté exenta de ternura e, incluso, de humor,  como Márquez durmiendo a pierna suelta en lo que quedaba de unos aseos en medio de un bombardeo.

El autor,  a través de las escasas ciento y pico páginas que componen “Territorio comanche”, nos quiere hacer un resumen de las dos décadas en las que trabajó como reportero de guerra. Nos da la posibilidad de meternos en sus pieles aunque sea de forma artificial. Nos ofrece la oportunidad de sentir una profesión por la que todos, sin saber lo que nos podría tocar, nos hubiera gustado ejercer aunque fuese por un solo día.

Lengua: CASTELLANO
ISBN: 84-7895-073-7
Nº Edición: Vigésimo séptima
Año de edición: 1997
Editorial: OLLERO & RAMOS EDITORES SL
Plaza edición: Madrid
Páginas: 125

9 pensamientos en “Territorio Comanche, Arturo Pérez-Reverte

  1. Es un libro que siempre me ha gustado. Como toda la obra breve de Reverte, denso como la sangre.

    Es un libro, valga la redundancia, totalmente Revertiano. Al contrario que otros relatos periodisticos, como los múltiples y fantásticos libros de Manu Leguineche, en este hay una constante postura moral, de reflexión continúa sobre lo que contempla. No basta describir, hay que razonar, opinar, destacar.

    Por cierto, que tiene una fama extraordinaria entre los periodistas y periodistas frustrados. Aunque hayan terminado haciéndo crónica del corazón, me sorprende la cantidad de gente que ha terminado optándo por el periodismo a raiz de este libro.

    Doblemente sorprendente cuando el propio Reverte abandonó ese mundo.

    Por cierto, para Marzo tochazo de 700 págs de Reverte: ASEDIO. Sobre el sitio de Cádiz.

  2. El libro no tiene desperdicio, te deja como se quedó el propio Reverte y por lo que imagino abandonó ese mundo después de ver tanta miseria humana, echo polvo.
    Lo del nuevo libro, Asedio, ya me había llegado algo, aun quedan unos mesecillos, como siempre levantará mucha expectativa.

  3. Lo cuando era un crio y me impactó muchísimo, muy bueno. Precisamente ayer volviendo de Valencia me compré en una area de servicio el primer libro de Reverte, El Húsar, que con todo lo que he leído de este autor me falta su primera novela.Buena reseña Javier.

  4. Recuerdo todavía a Pérez Reverte haciendo crónicas en los telediarios de la 1ª acerca de la Guerra de Yugoslavia y recuerdo que este fue el primer libro con el que consiguió un best seller y pudo pirarse de la tele. El libro fue polémico porque se metía con algún compañero corresponsal (Angela Rodicio) a la que ponía a caldo lo que no provocó que le hicieran una despedida emotiva sus compañeros de RTVE. Después vino la película, la saga de Alatriste, el Club Dumas y El maestro de esgrima o su incorporación a a Real Academia Española como miembro de número. Es un tipo de autor que hace falta en el panorama literario español tan lleno de pedantes, es nuestro Bernard Cornwell y nos ha hecho releer nuestra brillante historia como nación.

  5. Aunque no soy un lector muy apasionado de Pérez-Reverte, me gustaron Trafalgar y Un día de cólera, en especial esta última, porque era capaz de abandonar el estilo tan tremendista que a veces adopta; me pareció una novela muy bien construida y un auténtico homenaje al combatiente anónimo, al pueblo español y a la historia de este país durante las Guerras Napoleónicas. No he leído nada de la serie de Alatriste, que no me parece interesante, y la película me resultó un bodrio infumable. En cuanto a Ángela Rodicio y su relación con este señor, es probable que no soportara que le diera órdenes una mujer veterana en el oficio y que no tomara en serio sus machadas, que de vez en cuando las tiene. De todos es conocido que cuando a este hombre le llevan la contraria tiene un mal carácter un poco infantil que vende, pero que a mí me parece siempre un poco pasado de rosca. En cuanto a Territorio Comanche, es para mi gusto demasiado morbosa y no cumple el cometido de todo libro periodístico, que es informar sobre el suceso del que habla. Demasiada sangre y demasiado autobombo sobre el oficio de corresponsal de guerra. Me da la sensación que Reverte intentó subsanar esas deficiencias en El pintor de batallas; aunque no la he leído me parece que intentó escribir una novela más sensata y estricta sobre la devastación de la guerra. Sobre las guerras de los Balcanes, recomiendo El amor armado, de José María Mendiluce, en otra galaxia ideológica que la de Reverte, claro.

  6. Rodicio escribió un libro tiempo después, donde dicen que pone fino al “Turi”. No puedo opinar, por que nunca lo he tenido en las manos.

    Pero tiempo al tiempo…

  7. Bien, creo que el novelista Reverte es bastante peor que el cronista Reverte. Aunque a algunos os parezca muy sangrienta o cruda esta crónica pretende reflejar la salvajada que es una guerra y no se anda con tapujos. En sus novelas parte un poco de ese mismo principio, en las de Alatriste creo, pero la distancia que le pone con la ficción y llevándolas a otra época hace que pierdan calidad en mi modesta opinión, no se implica lo mismo. En Territorio Comanche noté que estaba vertiendo toda la fuerza que pone en algunos de sus artículos del Semanal. La realidad era palpable a cada momento. Nada que ver con El maestro de esgrima o con La tabla de Flandes…

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