SPINOLA – Capitán General de los Tercios, José I. Benavides

De Ostende a Casal

Hoy toca reseñar sobre una época y un personaje fascinantes, Ambrosio Spinola, un prohombre de la Monarquía Hispánica injustamente olvidado, banquero de Génova y Capitán General del Ejército de Flandes, vencedor de Ostende y vencedor de Breda, abandonado finalmente por España como tantos otros de sus hijos, pese a haber entregado su inteligencia, sus fuerzas, su fortuna y su honor a la mayor gloria de la corona española.

No se trata de una biografía al uso y es algo que se agradece enormemente, pues nos mete de lleno en las intrigas a dos, tres y hasta cuatro bandas que asolaban las dependencias del gobierno del rey en Bruselas en el primer cuarto del siglo XVII. Empieza abordando los motivos que pudieron llevar a un hombre acomodado de una de las familias de banqueros más poderosas de Génova a servir al rey en los barrizales de Flandes. Quizá se debiese a una maniobra de imagen y prestigio, una batalla por la fama y la influencia que probablemente no pudiese ganar de tú a tú en su plaza natal contra las familias rivales, pero que metidos en los círculos cercanos al rey de España, los archiduques de los Países Bajos y los Consejos de la monarquía, quizá le valiesen la distinción que no conseguía en la Génova de los Doria.

Eran los primeros años del siglo XVII y en Flandes estaba ya su hermano Federico Spinola al frente de una escuadra de galeras. La situación política era tensa. El archiduque Alberto, muy querido por Felipe II, fue nombrado Gobernador General de los Países Bajos en 1596. En 1599 contrajo matrimonio con su prima Isabel, hija de Felipe II, que además, en vista de los problemas crecientes de Flandes, les cedió la soberanía de los Países Bajos con la condición de que los territorios regresarían a España si el matrimonio no tuviese hijos.

El príncipe Felipe, no vio con buenos ojos que se desgajasen esos territorios de los reinos que pronto heredaría con el nombre de Felipe III, lo que hizo que sus relaciones con su primo Alberto fuesen distantes. Éste tampoco las tenía todas consigo en Bruselas con sus súbditos. Necesitaba una victoria rápida con la que asentar su prestigio y se precipitó con la derrota de las Dunas en 1600, hecho que no supuso ningún quebranto desde el punto militar pero que dejó maltrecha su reputación.

Hay dudas en Madrid y en Bruselas, quizá sea necesario poner a un hombre de valía al frente de los asuntos militares. La suerte quiere que Spinola se halle ya en la Corte de Bruselas y que en acabe en el sitio que se había puesto a Ostende. El sitio era largo y la moral estaba por los suelos, pero Spinola emplea su dinero para elevar la moral de las tropas y más tarde que pronto se impone a los neerlandeses rebeldes y se hace con la plaza.

Es el pistoletazo de salida de su carrera militar. Spinola es el hombre que siembre está en medio, en medio de Alberto y el rey Felipe III, en medio de los enviados reales a Flandes y el Consejo de Estado, en medio del gobierno de Bruselas y los negociadores con los estados rebeldes. Las campañas de Frisia entre 1604 y 1609 consolidan su prestigio general a ojos de todos. Alberto lo quiere cerca, pero Spinola es un hombre del rey, por el momento. Ejemplo de ello es que el monarca le diese a él en secreto las célebres instrucciones secretas, que estipulaban el procedimiento a seguir para la devolución de la soberanía de los Países Bajos a España en el momento en que falleciese uno de los cónyuges, ya que el matrimonio no había tenido hijos.

Especialmente interesante es todo el desarrollo con documentación de los archivos de Simancas y Bruselas del duro proceso negociador que desembocó en la Tregua de los Doce Años. Los tiras y aflojas y las imposiciones de unos y otros. La condición innegociable de que el rey reconociese que firmaba la tregua con los neerlandeses en condición de libres, es decir, no súbditos de la Corona Española, la extensión del armisticio, ¿sólo el territorio continental o los océanos y territorios de todo el mundo?

Llevada a feliz término la negociación y con 12 años por delante, parece que Alberto respira tranquilo, es momento de revitalizar la economía de las castigadas provincias. Pero entonces entra en escena el rey Enrique IV de Francia, el Enrique de Navarra protestante que pronunció su «París bien vale una misa». Tras la muerte del príncipe de los estados de Cleves y Jülich, pasos estratégicos en el río Rin, se abre una crisis sucesoria en el que meten la nariz Francia y algunos estados del Imperio, que postulan pretendientes católicos y protestantes.

Los Países Bajos y las Provincias Unidas tenían una tregua recién firmada y una crisis en sus fronteras era motivo suficiente para que ésta saltase por los aires; era cuestión de ir con los pies de plomo. Por suerte el Enrique murió asesinado y una posible invasión de Luxemburgo quedó cancelada. Spínola sería el hombre que finalmente tuvo que llevar a cabo las operaciones militares que desembocarían en el Tratado de Xanten, por el que los Países Bajos y las Provincias Unidas se repartieron la influencia en lo ducados.

Con el estallido de la Guerra de los Treinta Años en el Imperio y la crisis a la que se ve sometido el emperador Fernando vuelve a entrar en escena Spínola, que recibe el encargo de invadir el Palatinado, cuyo príncipe había originado la guerra. La invasión se lleva a cabo en 1620 como maniobra de distracción ante las operaciones militares principales de Bohemia. En 1621 ocurren cuatro acontecimientos importantes: muere Felipe III, muere el archiduque Alberto, se decide no renovar la Tregua con las Provincias Unidas y, gracias a una hábil negociación de Spinola en el Palatinado, se desarticula a la Unión Protestante, el brazo armado del protestantismo en el Imperio.

La situación va a cambiar de modo radical. Spínola se va a convertir en el hombre de la archiduquesa Isabel frente al nuevo rey Felipe IV y su valido el conde-duque de Olivares. Tras la decisión de la Corona de no renovar la tregua, Spínola se lanza a la ofensiva y en 1622 cosechará un gran revés al tener que levantar el sitio de Bergen op Zoom, del que se desquitará dos años más tarde con el sitio de Breda, ciudad inexpugnable, que hizo saltar las alarmas en Madrid por el fantasma del sitio de Ostende, lo que hacía suponer que harían falta una gran cantidad de dineros de los que no se disponía para afrontar un sitio largo. Spínola triunfó y los neerlandeses tuvieron aquel año de 1625 su annus horribilis por tener que añadir otras derrotas importantes y la muerte de Mauricio de Nassau. Nunca se estuvo más cerca de la victoria.

En los últimos años de su vida quedó atrapado en la infausta guerra de Mantua, donde el Gonzaga duque de Nevers, azuzado por un incipiente Richelieu se hizo con el ducado. Spinola fue nombrado gobernador de Milán para hacerse cargo de la crisis, pero la ojeriza de Olivares hizo que le retirasen sus poderes como plenipotenciario. Con enemigos en el bando contrario y en su propio campo, Ambrosio Spinola se fue marchitando hasta morir en mitad del conflicto.

Uno de los puntos fuertes de este libro es la gran profusión de documentación de la época que se utiliza en los textos para describir los asuntos políticos y estratégicos de las distintas fases y la implicación de Spinola en los mismos, que el autor emplea con gran maestría, no en vano es miembro del Cuerpo Diplomático español.

Editorial: La Esfera de los Libros
Fecha de publicación: 13/02/2018
Páginas: 320 + 16 ilustraciones
ISBN: 9788491642169
Formato: 16×24 Cartoné
Colección: Historia
Precio: 21,90 €

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