París, 1919, Margaret Macmillan

PARIS, 1919: SEIS MESES QUE CAMBIARON EL MUNDO

Después de tanta trinchera, gas y alambrada en el 2008, parecía que el año 2009 se iba a acabar sin ningún aniversario que celebrar. Sin embargo, precisamente este mes de noviembre se cumplen cien años de la firma de varios de los últimos y volátiles acuerdos resultantes de la Conferencia de Paz de Versalles, celebrada entre enero y julio de 1919. A París acudieron en aquellos meses las figuras políticas más destacadas del momento –desde Lawrence hasta Gandhi, desde Ho Chi Minh hasta Churchill-, para intentar arreglar el devastador paisaje de odios, injusticias y matanzas que había provocado el que hasta el momento era el mayor conflicto que había tenido que soportar el planeta, la Primera Guerra Mundial.

Veinticinco millones de muertos, Alemania eliminada del panorama de las grandes potencias (desde que alcanzara este puesto con Federico II de Prusia, a mediados del siglo XVIII); la Revolución de Octubre triunfante en Rusia; las compensaciones de guerra; los Balcanes hechos un lío, la aparición de nuevas identidades nacionales, como Irak o Palestina, que pedían ser escuchadas en la Conferencia; y los primeros atisbos de la descolonización y de la emergencia de Japón y China como actores mundiales, eran algunas de las tareas con las que tenían que bregar los reunidos en París, que durante aquellos meses se convirtió en la capital diplomática del mundo.

De entre ellos, sin embargo, destacaban los dirigentes de las tres potencias ganadoras: el presidente norteamericano Woodrow Wilson, y los primeros ministros de Inglaterra y Francia, Lloyd George y Georges Clemenceau; precisamente los tres señores con sombrero de copa que aparecen en la portada del libro de la historiadora británica Margaret Macmillan. La relación entre ellos es fácil de resumir: el inglés y el francés creían que Wilson era un vaquero ingenuo si pensaba que podría arreglar el laberinto europeo armado tan solo con un papel de condiciones y premisas que nadie estaba dispuesto a aceptar. “¡Qué ignorancia de Europa –escribió Lloyd George-, y qué difícil era todo entendimiento con él! Creía que todo podía hacerse por medio de fórmulas y catorce puntos. El propio Dios se dio por satisfecho con diez mandamientos. Wilson nos endilgó modestamente catorce puntos…¡los catorce mandamientos de la teoría más vacua!”.

Como era de esperar, Wilson era algo más que un norteamericano tonto, y ni Lloyd George ni Clemenceau estaban en condiciones de exigir gran cosa. Es en este momento que se certifica con toda claridad la decadencia de Europa frente a Estados Unidos, y además… Bueno, dejaremos que sea Margaret la que nos lo explique.

El libro de Margaret MacMillan, cuyo título en inglés es The Paris Conference of 1919 and Its Attemp to End War, apareció en 2001, cuando todavía no se habían borrado de la memoria las terribles imágenes de las sucesivas guerras en Yugoslavia, de Somalia o de Irak. De hecho, uno de los principales atractivos del libro, aparte de la narración impecable y de los retratos de los protagonistas de aquella verdadera feria diplomática, es ver a la autora recrear nuestra historia reciente a partir de la situación inmediatamente posterior a 1918: “Nosotros –escribe la autora- ya sabemos lo que significa vivir cuando se ha terminado una gran guerra. Las voces de 1919 eran como las del presente. Cuando la guerra fría acabó en 1989 y el marxismo soviético fue a parar al cubo de la basura de la historia, fuerzas más antiguas, la religión o el nacionalismo, salieron del congelador. Bosnia y Ruanda nos han recordado lo potentes que pueden ser esas fuerzas. En 1919 había la misma sensación de que estaba naciendo un nuevo orden mientras las fronteras cambiaban súbitamente y el aire se llenaba de nuevas ideas económicas y políticas” (pág. 21).

Personalmente, no creo que la religión o el nacionalismo fueran factores concluyentes para desencadenar la guerra de los Balcanes, sino máscaras ideológicas bajo las que se disfrazaron los actores del conflicto; buena parte de los milicianos serbios o croatas no habían pisado una iglesia en su vida, por mucho que llevaran el icono o el crucifijo delante cuando mataban gente indefensa. En España también se ha hablado de “balcanización” sin que el estado de las autonomías tenga el más mínimo paralelismo con aquella época, salvo la poca calidad intelectual de los agentes provocadores que hacen tales análisis. Los estudios más actuales sobre Ruanda explican que los bandos enfrentados no tan sólo habían sido azuzados por las potencias europeas –Bélgica y Francia, para ser más exactos-, sino que la lucha de poder entre tutsis y hutu se vendió en Occidente como una forma de convertir en conflicto étnico lo que no era más que una lucha de clases, etcétera.

No obstante, el libro es suficientemente interesante por los datos que aporta, el retrato inmisericorde de los actores de aquel drama de repartos, trazado de fronteras y traiciones en petit comité que configuraron el mapa del mundo en el que iban a vivir los hombres y mujeres del siglo XX. La Conferencia, como se sabe, no consiguió detener la guerra, que volvió a estallar en 1939, provocada precisamente por los que, como Hitler, acusaban a Versalles de buscar su humillación nacional. La herida de Versalles fue utilizada profusamente por la demagogia nazi. Aún le quedaba a Alemania soportar la vergüenza de protagonizar uno de los crímenes más horribles perpetrados contra los humanos, y convertir a la que había sido una de las cunas de la civilización europea en su destructora más acérrima.

Saludos y buenas lecturas.

Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788483104385
Colección: TIEMPO DE MEMORIA
Nº Edición:1ª , Tusquets editores
Año de edición:2005
Plaza edición: BARCELONA

7 pensamientos en “París, 1919, Margaret Macmillan

  1. Muchas gracias Leiva por la reseña. Estamos acostumbrados a oir hablar de las conferencias de los tres mandatarios durante la SGM, Stalin, Churchill y Roosevelt y los repartos. Gran libro de Reese “A puerta cerrada” donde se narra lo que ocurría en la trastienda de estas conferencias. Como digo, mucha bibliografía sobre eso y poca sobre el reparto del mundo tras la PGM. En el libro de Morrow (La Gran Guerra) si dedica un extenso capítulo a las consecuencias sociopolíticas del tratado de Versalles y del nuevo mapa político que nació tras el conflicto.

  2. Bueno, las quejas de los nazis contra Versalles eran sobre todo de cara al público. Goering le confesó al embajador británico que la derrota alemana en la primera guerra mundial había sido una victoría de la verdadera alemania, ya que si las potencias centrales hubiesen salido victoriosas jamás se podrían haber unificado Alemania y Austria para formar el gran Reich.

    Y es curioso que salga ahora este tema, por que estaba viéndo ayer un documental sobre Chechenia y Shamil Basayev y me condujo a cierta reflexión. Basayev, el lobo gris, el gran enemigo del satán ruso…Había sido un ciudadano soviético ejemplar hasta 1991. De hecho había vivido en Moscú, y había intentado sin exito cursar estudios universitarios.

    ¿1991 fué una epifania religiosa, casualmente coincidente con la caida de la URSS?.

    La historía de la URSS y el bloque comunista está llena de estas cuestiones. Por ejemplo, rara vez se menciona que durante la primavera de Praga, los eslovacos aplaudían a los tanques rusos que avanzaban contra sus opresores checos.

    Igual que en el Imperio Austrohungaro, el nacionalismo extremo, étnico o religioso, es algo que puede recogerse del baúl de los recuerdos cuando conviene.

  3. Efectivamente, Urogallo, eso es lo que yo creo también. El mismo Putin ha utilizado para su guerra por los recursos del Caucaso la tapadera del nacionalismo, de la guerra contra el terrorismo, etcétera. Precisamente por destapar todo ese montaje asesinaron a Anna Politkovskaya, de la que de paso recomiendo todos sus libros. Los asesinos eran ex agentes independientes del FSB de origen checheno y que pertenecían a las mafias que han encontrado terreno abonado en las guerras de Chechenia para justificar sus crímenes, la especulación inmobiliaria, etcétera. la guerra y el tinglado étnico, como usted dice, no es más que una mascarada. Lo peor es que los caciques locales y los espabilados del otro bando, secundados por unos cuantos analfabetos fanáticos, también se apuntan al carro y el lío está armado. En España, por fortuna, debemos haber quedado escarmentados después de 1936 (o eso espero) y la cosa se limita (es un decir) a ETA y al habitual tiroteo periodístico entre medios de comunicación. Es sano que así sea, aunque a veces se produzcan situaciones irritantes o no nos guste lo que otros piensan. Pero la tolerancia política es difícil, es un ejercicio diario que exige al individuo responsabilidad sobre todo. En fin, dejo de sermonear. Me sale la vena habermasiana. Saludos

  4. Fantástico libro, pero debería de llamarse “la Paz que acabaría con toda la Paz”, si quieren entender el nacimiento del Tercer Reich que mejor que comenzar con 1919. Gracias Leiva.

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