La casa dorada de Samarkanda, Hugo Pratt

“Solo hay una cosa en la cabeza de Corto Maltés cuando está descansando plácidamente en Rodas a la sombra del obelisco: el Gran Oro. Un tesoro perdido de Alejandro Magno que andará entre las montañas de Afganistán y Pakistán, no muy lejos de la Casa dorada de Samarkanda, una cárcel que es un auténtico infierno y donde se encuentra prisionero un viejo amigo: Rasputín. Dorada por que solo se puede evadirse uno de ella gracias a los sueños que produce el hachís.

Haciendo equilibrismos entre patrullas francesas y el ejército turco, entre sociedades secretas nacionalistas muy peligrosas y viejos amigos y enemigos, además de andar rondándole su propio doble, que no es nada más ni nada menos que un oficial turco famoso y cruel, Corto nos mostrará un año de su vida desde el Mediterráneo hasta Asia menor siempre con la aventura y el peligro como compañeros.

Realidad y sueño se entremezclan sin haber una línea muy definida entre ambos.” (Sinopsis que hice hace un tiempo para una minúscula referencia en mi blog, de la cual, si no os importa, me hago valer para la presente reseña).

Junto a “Corto Maltés en Siberia”, de todas las obras que pasó Hugo Prat de su cajón de ideas a la vida material, ésta es la aventura del marino anarquista que más me gusta por factores como su longitud temporal (ya que abarca un año entero de la vida de su protagonista, desde Rodas hasta Pakistán), jugándose el tipo entre los todavía humeantes y peligrosos cimientos derruidos del Imperio Otomano, hacia 1922. Dos son las motivaciones que impulsan a Corto a meter las narices en tal berenjenal: el tesoro de Alejandro Magno y, quizá más importante, sacar a su viejo amigo Rasputín de la Casa dorada de Samarkanda.

Al igual que sucede en la aventura siberiana, Pratt se sintió fuertemente atraido por un determinado personaje. Si, en la aventura en las heladas tierras de Rusia en pos de un tren del oro, el autor italiano quedó fascinado por el personaje del “Barón loco”, Von Ungern-Sternberg, ahora lo está con Enver Pachá o Enver Bey, uno de los principales organizadores del genocidio que sufrieron los armenios por parte de Turquía (algo de lo que también es responsable el historiador Jean Mabire).

A fin de cuentas Hugo Pratt vuelve a jugar con nosotros, con constantes guiños, creando un doble de Corto Maltés en la figura del Chevket (al final Rasputín pudo cumplir su promesa – broma de “un día te mataré”, pero todo con el deseo de que Corto no se cruce con su “muerte”) y con la analogía entre su madre y Casandra, quien predijo las desgracias de Troya. Encontrar un tesoro que nunca llegará será una de las referencias mas hermosas que he visto con la obra de Kipling (“El hombre que pudo ser rey” y que tiene una adaptación cinematográfica excelente, protagonizada por Sean Connery y Michael Caine).

Es de destacar la reaparición de una vieja conocida como es Veneciana Stevenson (que apareció en “El ángel de la ventana de Oriente” (ciclo “las Célticas”)) con un cambio de registro, olvidando su faceta homicida, quizás por estar embarazada.

Es uno de los viajes más exóticos que nos ofreció Pratt, lleno a rebosar de misticismo, detalles y realidad. Su particular visión sobre un mundo oriental y onírico, en el que se camina, como viene siendo habitual a lo largo de sus aventuras, sobre una delgada línea entre mundos.

Es un gran volumen con un guión rico en referencias literarias y en personajes reales, llegando a aparecer (aunque sea telefónicamente) el propio Stalin, siendo todo un clásico del género.

Respecto al campo gráfico la opinión generalizada es que Hugo Pratt nunca llegó a la talla de gran dibujante en términos técnicos. Es más, cuando coges uno de sus cómics por primera vez, te choca desagradablemente ya que tu retina está acostumbrada a trazos más precisos, pero esa no es la esencia de este arte y lo comprendes con este genial veneciano. Puedes dibujar muy bien, pero si el guión no le va a la zaga a la perfección, de poco sirve. A fuerza de leer a Pratt te das cuenta de esto y te convences de que, en realidad, estás leyendo una verdadera novela acompañada de imágenes. Llegas a amar esta clase de arte en el que te sumerges feliz como cuando eras niño (o como cuando logras sentirte como tal).

Además de esto, el volumen de NORMA está profusamente ilustrado (siguiendo la edición francesa de CASTERMAN), introduciéndonos en la realidad histórica del conflicto que sirve de fondo argumental. Fotografías de época, ilustraciones militares (con las que te das cuenta de lo fiel que era Pratt en los detalles) y acuarelas de Corto enmascaradas como anónimos para continuar con el juego de sueño-realidad.

Cierto es que, quizás, tuve que empezar con la primera obra en la que sale nuestro Corto, “La balada del mar salado”, pero no me he podido resistir a reseñar este volumen cuyo título, curiosamente (da de qué pensar), es el nombre del bar que frecuentaba Pratt en Buenos Aires.

Este es un pequeño resumen para uno de los cómics de Pratt que más he disfrutado, con unos diálogos memorables, los cuales dan muchas pistas sobre el pasado y origen del peculiar marino nacido en Malta.

Lengua: CASTELLANO
ISBN: 84-7904-106-4
Nº Edición: Segunda
Año de edición: 1999
Editorial: NORMA
Plaza edición: Barcelona
Páginas: 199

2 pensamientos en “La casa dorada de Samarkanda, Hugo Pratt

  1. “De tal palo tal astilla” dice el refrán, el gran Pratt y su obra. La que has traido Javier, es una de ellas. Bueno, aquí pudiéramos decir: de tal astilla tal palo, el fomoso e intrepido Corto Maltés, su ‘hijo’, su creación sublime. Poco hay que decir que no se haya dicho de Hugo Pratt y su obra: ¡Excelente!.

    Un saludo.

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