Hamlet, William Shakespeare

Hamlet, príncipe de Dinamarca. Tragedia en cinco actos.

Como algo poco más que una sombra errante, carcomida por el odio y la melancolía que se oculta en recovecos oscuros de un palacio danés, lo vemos a él, a Hamlet. Siempre haciendo duelo ante las cuencas vacías de una calavera, como si en realidad fuera un espejo, mientras recita, incansable, el “ser o no ser…”.

Así es como nos imaginamos al príncipe Hamlet, aunque bien es cierto que entre el famoso monólogo y la descarnada cabeza del bufón Yorick hay un lapso de tiempo casi tan amplio como la obra entera; su dilema es de cuando decide volverse demente de forma fingida, y el encuentro con la muerte de cerca es justo ante la fosa donde reposará su amada Ofelia.

Sin duda, Hamlet es la tragedia del Bardo Universal cuya iconografía ha dejado mayor huella en nuestro subconsciente cultural. Su historia es bien conocida, con un rey y padre asesinado por su hermano, una usurpación… Todo ello motivo más que suficiente para una venganza; pero bien habría hecho la funesta aparición en quedarse oculta a los ojos de su hijo, sellarse la etérea boca y acallar su propio rencor, ya que su mandato de ultratumba solo traerá desgracia a todos, propios y extraños.

De entre los maravillosos versos es posible sonsacar algunas conclusiones bien curiosas y hasta alguna contradicción. Podríamos comenzar con que la pena por la muerte de su amado padre suma a Hamlet en una depresión sin fin, pero aún sabiendo la traición y crimen de sangre cometido por su tío y nuevo soberano, le hierve más la sangre que su madre, la reina Gertrudis, se haya desposado con el usurpador. En sus monólogos y diálogos no duda en calificarla de prostituta. Bien parece que Hamlet tenía sus aposentos bajo el lecho real y estaba harto de despertarse, noche tras noche, por la prolongada y ruidosa queja de los majestuosos muelles del colchón o de ganarse el insomnio con el gemido orgásmico de Su Alteza. El protagonista no duda en calificar la unión de puramente lujuriosa por ambas partes, aunque bien es posible que Shakespeare se sirviera de este recurso para crear una imagen más pecaminosa aún que el adulterio, al escribir un enlace entre la viuda y el hermano superviviente, una tradición judía que podemos estudiar en la Biblia (véase la historia de Onán). La realidad o deformación de la leyenda danesa podría dar lugar a tal conclusión.

Siendo que las referencias religiosas son constantes, y ante un antisemitismo galopante, ¿se acusa a usurpador y viuda de conducta judía?

Y si seguimos con las referencias religiosas, tenemos el suicidio de la bella Ofelia, donde se critica que los pobres, si atentan contra su vida, acaban enterrados en suelo no sagrado por la comisión de tal pecado, mientras que si eres de alta cuna, como sucede con la amada de Hamlet, a pesar de las reticencias, malas caras y suspicacias del clero, es más que posible acabar con los huesos en una sepultura y en gracia de Dios.

Como contradicciones en la propia obra, podemos subrayar el lamento y pesadumbre del hermano asesino por su crimen, implorando en sus rezos el perdón e, incluso, ofreciendo su corona para su salvación; sin embargo, no duda en conjurar para acabar con la vida de Hamlet de distintas maneras. Asimismo, el propio príncipe es un tanto bipolar, ya que llora desconsolado por su padre y hasta clama venganza como si fuera un derecho divino, pero le importa un bledo el dolor ajeno y eso se demuestra con todas las consecuencias que se derivan de cuando con su espada arranca el alma a Polonio, para lo cual no duda en seguir sirviéndose de su fingida locura; mas provoca otra real en la hija del anciano, Ofelia, y hasta resta importancia a Alertes, hermano de la suicida, que acaba siendo un simple juguete en manos del nuevo rey.

En el último acto todo se descalabra por pura precipitación, cierto, pero debemos atender al género, el teatro, y a sus tiempos. La muerte de casi todo el reparto en un solo instante (casi no queda ni el apuntador) es una avalancha incontrolable que choca brutalmente con el pormenorizado y lento desarrollo de la obra.

Hamlet tuvo que dejar descansar a su padre y no atender a sus confidencias de boca de tumba. La venganza supone siempre un derramamiento de sangre, un holocausto que arrastra con vileza a seres queridos y a inocentes.

Se dan ciertas notas de misoginia, como ya hemos dicho, aunque dentro de tal vorágine, se idealiza a la mujer con una fuerza superior a la del hombre, mas las más de las veces son pecadoras incapaces de ofrecer algo que no se su belleza (gracias a sus afeites) y su sexo.

A lo largo de la tragedia hay lugar para actos carnales (orgías incluidas), violencia y verbo soez que parece tan fuera de lugar en nuestra falsa concepción del mundo pasado como nuestra sorpresa ante el empleo de estos recursos en Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin.

Resulta curioso ver que irse de putas, aunque era un acto no muy decoroso para el buen nombre y reputación, era considerado como algo lógico, normal y aceptable en la vida de un hombre no comprometido. Algo acorde con los usos y costumbres, vamos, y así lo deja bien sentado Polonio.

Hamlet es una de las obras de madurez de Shakespeare, escrita a la par que Julio César, y, para crear este drama de sobra conocido por todos, se sirvió de la leyenda del príncipe danés Hamlet, Amlet o Hamlode, recogida por Saxo el Gramático en el s. XII en su Crónica danesa. Este Hamlet de carne y hueso fue hijo de Horwendilo, rey de Jutlandia, y de Geruta, hija del rey de Dinamarca; cuyo tío, Fengo, asesinó a su hermano para así apoderarse de la corona y se le acusa de que ya mantenía una relación adultera con la reina Geruta. La historia que narra Saxo no es mutilada o deformada en exceso por Shakespeare, salvo en su parte final, donde nuestro amigo de Strat-ford-upon-Avon se le va la mano, ya que el único que acaba muerto en el último acto es Fengo y Hamlet se autoproclama rey de los daneses.

Esta particular leyenda escandinava, anterior al Cristianismo, tiene no obstante su base real ya que los personajes históricos existieron y forman parte de la cronología de reyes del Norte. Es más, aún se conservan topónimos como “Campo de Hamlet” y hasta parece estar identificado el lugar donde Fengo dio muerte a su hermano.

Pero, ¿qué es lo que realmente sucedió? Pregunta con difícil respuesta.

Lo curioso de todo este tema es que es más que posible que el propio Shakespeare hubiera visitado Dinamarca y se sirviera de sus ojos para saber dónde ubicar y desarrollar la historia más allá del recuerdo y recopilación de Saxo; y, por si fuera ya poco en la complicada biografía del genial dramaturgo, planea, tanto sobre él como sobre esta obra, la sombra del plagio.

Hamlet está carcomido y, en su locura simulada, sus palabras lo llenan todo. Sus pensamientos no sólo son fruto de la duda creada por un espectro, sino que es mucho más. Sin duda, merece abrir cualquier buen libro que reúna las obras dramáticas de Shakespeare.

DATOS DEL LIBRO

  • Nº de páginas: 224 págs.
  • Encuadernación: Tapa blanda bolsillo
  • Editoral: ALIANZA EDITORIAL
  • Lengua: ESPAÑOL
  • ISBN: 9788420649450

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *