Cleared Hot! A Marine Combat Pilot’s Vietnam Diary, coronel Bob Stoffey

Muchos pilotos nunca lo han hecho lejos de ‘Nam. Este sí. El altamente condecorado coronel Bob Stoffey –un piloto del Marine Corps durante veinticinco años, quien ha servido en varias campañas en Vietnam-, lo ha visto y hecho todo. “Cleared Hot” es su historia.

Rebosante de vívidos detalles, este diario de combate descubre a los verdaderos héroes de al Guerra de Vietnam, a los pilotos tras las escenas, que ayudaban a nuestros muchachos a regresar a casa… y que volvían a por más.” (Texto de contraportada).

El simple hecho de tener entre las manos un libro de temática militar puede asustar al no iniciado. No digamos ya si ese volumen, da lo mismo su tamaño y dimensiones, está escrito en un idioma que no sea el materno. En este caso, inglés. Por suerte, hay escritores del género que piensan en todos estos inconvenientes, quizás por que no quieren hacer una obra académica, sino compartir con el lector sus vivencias. Esto puede suceder en los llamados libros de memorias de veteranos que pululan con extraordinaria y envidiable salud por los mercados yanquis (algo que se echa muy en falta en nuestro territorio). Para mi alegría, su autor, Bob Stoffey, nos introduce en sus recuerdos con un inglés apto para cualquier entendidillo del tema y del idioma a nivel medio, sin encontrarnos con phrasal verbs en cada esquina ni frases rimbombantes. Solo la realidad llana y con un diccionario de términos que nunca viene mal en las páginas finales.

No he encontrado, por ahora y gracias a mi escasa pericia, una analogía en castellano de lo que significa “Cleared Hot!”, aunque todo apunta a que es una especie de “Luz verde” para que las distintas unidades aéreas procedan a atacar un punto que el controlador aéreo avanzado designa in situ. Quizás alguno de vosotros lo sepa mejor que yo.

Pero vayamos más allá.

Bob Stoffey, con una carrera de 25 años como piloto del Cuerpo de Marines, participó en tres campañas en Vietnam y en su libro nos traslada con minuciosidad a cada uno de esos momentos (excepto al último tour). ¿El motivo que le impulsó a escribir? Ver uno de los helicópteros que pilotó personalmente en Vietnam en el museo Smithsonian. Hasta comprobó el número de serie y coincidía con el registro de sus cuadernos de bitácora.

También tuvo mucho que ver el encontrarse, años después de finalizada la guerra, con el hijo de un instructor de vuelo que tuvo, que quería saber cómo murió su padre.

En el capítulo primero nos subimos a un avión de transporte desde Hawai, para compartir con el autor su deseo de servir en Vietnam no parando de volar. Sin embargo, tras una toma de contacto con el mundo en Da Nang, con un insorportable calor y una humedad no menos digna de aguantar, (además de con el suboficial encargado del barracón dormitorio (Da Nang Hilton), el cual le impide dormir algo tranquilo (como si la temperatura se lo fuera a permitir) al comentarle que en aquellas mismas instalaciones poco más de una década antes fueron degollados varias decenas de oficiales franceses por el Vietminh), se enfrenta con la decisión del alto mando de que se encargue de la construcción e Intendencia de la nueva base aérea de los Marines en Marble Mountain. La decisión oficial se la comunican verbalmente en el club de oficiales y con un cubata sin hielo.

Pero lo que le espera a Stoffey no son largos días a pleno sol mientras los seabees dan el callo creando entre las dunas una base con su aeropuerto para decenas de helicópteros y aviones de todo tipo. Como premio de consolación, los mismos oficiales de alto rango le dan carta blanca para participar en todas aquellas misiones que pueda y que no entorpezcan su labor para la nueva base. Así, a los controles de un UH-34, comienza a volar en los alrededores de Da Nang, ante la incredulidad que le causaba que en muchas aldeas adyacentes al propio aeropuerto ondeara la bandera del Viet Cong y que a nada de distancia, en “Happy Valley”, el enemigo, que ve sus filas engrosar con cientos de soldados regulares del Ejército Nortvietnamita, campea a sus anchas. Es una situación curiosa que se mezcla con repetitivos ataques del VC y los francos de servicio en bares de la ciudad en la que comparten barra amistosamente enemigos de ambos bandos.

Cuando regresa a la base en rickshaws en mitad de la noche, cayendo por doquier morteros, el autor, con una buena castaña encima, piensa algo como “¿No eran los conductores de estos trastos todos VC?”

Destacan varios puntos en este primer capítulo. Stoffey toma la decisión de que el único comunista bueno es el comunista muerto. Algo que puede sonar tan de película hollywoodiense siguiendo los dictados de la Casa Blanca, la verdad; pero que la razona cuando ve de primera mano las técnicas maoístas de control de la población aldeana, con la decapitación, literal, del líder y/o maestro de escuela, así como la presión y violencia para aceptar el Comunismo como única forma política para todos los vietnamitas. Entiende la violencia contra los americanos, pero no entre ellos.

También, tras sangrientos combates durante sus primeros meses, Stoffey deja de leer periódicos publicados en los Estados Unidos y no se fía de las noticias filtradas y que se dan a conocer por las Fuerzas Armadas. Solo quiere ver las noticias de primera mano, aunque genera un asco exacerbado contra los reporteros, llegando hasta a arrojar a uno de su helicóptero de una buena patada en el trasero.

Está harto de leer sobre luchas encarnizadas en las que no parece morir nadie.

El capítulo primero finaliza con la desventura y desazón que le provoca la muerte de su padre y el tener que volver al “Real World” para el funeral. Recuerda cómo se presenta ante él el capellán católico de la base para hacerle entrega de la notificación autenticada de la Cruz Roja con la noticia del fallecimiento. Siguiendo una ruta mezclada de vuelos comerciales y militares, pasando por una explosión que bien pudo ser nuclear, se entera de que, estando ya a medio camino, el entierro ya se había celebrado.

El segundo capítulo, titulado “Return to ‘Nam”, está dedicado íntegramente a las peripecias en las que el capitán Stoffey se ve envuelto cuando la nueva base ya está lista para su uso por el Grupo Aéreo de Marines. Aventuras y desventuras en las que el padre Roland (se refiere así a este capellán, en castellano) se gana un protagonismo no poco singular, casi convirtiendo al oficial en su chofer particular. El capellán mantenía el contacto con grupos católicos de la zona, era un buen tipo para Inteligencia, pero a Stoffey lo traería casi por la calle de la amargura con su dichosa capilla. Primero fueron los bancos y luego el crucifijo que lo tallaría un artesano que en su vida había visto una imagen de Jesucristo en la Cruz.

Stoffey, encargado de suministros, se encuentra con variopintos problemas. El principal es que le deniegan continuamente el envío de más ametralladoras M-60 para el perímetro defensivo de la base. La respuesta siempre negativa, hasta que lo consigue, se fundamenta en el simple hecho de que la base no está en “primera línea de combate”. Resulta curioso leer eso ya que cada noche es objetivo de francotiradores y algunos cuantos morteros por parte del VC.

A diario, al bajar a Da Nang, Stoffey puede contar los agujeros de bala que tienen las chozas de las cinco aldeas limítrofes a la base, desde donde les disparan a medianoche.

Pero los problemas defensivos vienen acompañados de otros más del día a día. De las cientos de tiendas que componen los barracones de los soldados, en ninguna hay interruptores eléctricos y desde Suministros, en Japón, parecen no estar muy dispuestos a mandarle nada. Eso sí, le hicieron llegar una maravillosa remesa de puertas metálicas, una para cada tienda, que, por supuesto, no servían para nada; y cuando recibieron las duchas, la de oficiales estaba inutilizada. Pero volvamos al tema de los interruptores, ya que Stoffey tendrá que recurrir a las buenas artes para conseguir unos cuantos centenares en el mercado negro a través de una comerciante china de dudosa reputación de Da Nang, de nombre Lily Ann. A dos dólares por interruptor, la base termina provista con material eléctrico que el Gobierno de los Estados Unidos había regalado al Sudvietnamita. La audaz comerciante tuvo que llenar varios bolsillos en Saigón y otros a lo largo de las carreteras para que el VC no atacara al camión en cuestión.

Bob vuelve a Vietnam con la terminante orden de su mujer de que dejara de fumar. Por dicha razón, el suministro desde casa de tabaco se vio interrumpido abruptamente y el capitán tenía que recurrir a extraños cigarrillos manufacturados allí mismo hasta que se abriera el economato de la base. La cola que se formó el gran día de su inauguración fue tan grande como la frustración de los compradores al conocer que por ordenanza solo podían comprar un paquete de cada objeto ofertado. Stoffey alucinaba con su solitario paquete de cigarrillos, al igual que cuando se encuentra con una montaña de productos de higiene íntima femenina en una pared del establecimiento. Algo muy raro, sobre todo cuando no había ni una sola mujer en todo el perímetro y que fuera miembro de las Fuerzas Armadas. Una cosa de risa si no llega a ser por que esos productos fueron el descubrimiento del año 1965 para los pelotones de morteros: eran ideales para limpiar las ánimas.

El clímax bélico del capítulo se da con la gran ofensiva del VC contra la base el último de Octubre de 1965, causando gran cantidad de daños materiales en los helicópteros estacionados. Se había dejado atrás los vuelos tranquilos de aprovisionamiento de fuerzas sudvietnamitas en perdidos fortines de montaña en los que antaño ondeó la Tricolor.

Stoffey lamenta que para esos años el alcohol y las drogas corrieran con demasiada alegría y alboroto por las bases.

Todo lo que he dicho hasta ahora os da una imagen bastante acertada de lo que supone la primera parte del libro, ya que la segunda varía bastante. Ya no nos encontramos con un capitán que le endosan la labor de suministros. Ahora regresa a ‘Nam, en su segundo tour, para volar y lo hace en un OV-10 Bronco, participando en muchas misiones como controlador aéreo táctico. Estos compases se hacen al lector bastante complicados ya que se olvidan más las anécdotas personales y se centran en la acción pura y dura, con una gran fuente de información sobre combate. ¡Hasta nos da una clase teórica de cómo despegar un Bronco! Por no hablar de ver cómo se dirige un ataque con NAPALM, se rescata a un equipo Recon cercado o se centra la puntería de los cañones del 16 del USS New Jersey para hacer volar por los aires a un polvorín subterráneo.

La acción consume más y más páginas, pero también la muerte y el desprecio hacia un Congreso que no es capaz de dar luz verde a una declaración de guerra y terminar con Hanoi y Haiphong. A unos políticos que no querían ganar la guerra, que sabían que no se podía ganar y que, aún así, seguían mandando a sus hijos a morir.

Cuando Stoffey regresa a Vietnam para su segunda campaña, el espectacular verdor y belleza del Sur ha desaparecido alrededor de Da Nang. Más se le parece a un paisaje lunar, cubierto de agujeros causados por miles de bombas.

El escritor no tiembla al hablar de cómo mataba VC. Una parte significativa es cuando recoge la conversación por radio cuando pilotaba un Huey y acabó con dos enemigos con un cohete. De este modo, el último capítulo del libro es normal que se titule “Killing is now routine.” Tampoco olvida la mañana en la que le confirman que él solo ha causado 100 bajas mortales al enemigo.

Las luchas con elementos del Ejercito Norvietnamita se hacen más frecuentes y se te hace increíble pensar en la cantidad de dinero que volaba por los aires para matar, quizá, a cuatro enemigos. Montañas arrasadas con combustible para aviones a las que se les arrojaba después un tanque de NAPALM. Matanzas…

Como he dicho, más y más oscuro.

Hojas y hojas de conversaciones por radio se trascribe y que, a pesar de todo su interés, agotan al que tiene el libro entre las manos. Ya parece que no habrá descansos y cuando llegan, serán siempre para el final del capítulo o con asuntos relacionados con la acción que parecen de broma: Coroneles que se niegan a que los helicópteros de apoyo y los Bronco ayuden a mermar las fuerzas enemigas para llevarse la gloria (y unos cuantos jóvenes más al Vietnam War Memorial de paso), comandantes que amenazan con empapelarte por volar muy bajo y al día siguiente se comen medio bosque de bambú o las visitas de enfermeras alemanas, momento en el cual Charlie no lanza morterazos.

Las anécdotas no desaparecen, pero las del día a día en la base ya parecen no darse y, salvo por un par de situaciones graciosas y al final del libro (que ya hasta se me antojan fuera de lugar muchas de ellas), cada vez son más y más oscuras. Drogas, mercado negro, prostitución, desesperación… rodean a todos esos hombres y mujeres (las cuales aparecen por decenas en la segunda campaña). Cada uno de esos descansos parece ya una sección fúnebre con amigos que caen bajo el fuego enemigo y un creciente odio vengativo por parte de Stoffey, aunque mantenga la cabeza fría. Solo llega a sentirse bien al saber que sus bombas no asesinaron a las decenas de mujeres y niños que había en un bunker del NVA en una acción.

Por desgracia, “Cleared Hot!” no recoge la tercera campaña de Stoffey en Vietnam, en la que será oficial de guerra anfibia, reseñando tal hecho en la penúltima hoja, corriendo en un sprint desesperado por cerrar el libro con una escena bastante emotiva.

Es un libro cuidado y escrito por un soldado, no por un escritor. Necesario para todo aquel que quiera adentrarse en esa guerra.

Lengua: INGLÉS
ISBN: 0-312-92941-2
Nº Edición: Primera
Año de Edición: 1999
Editorial: St. Martin’s Press
Plaza de edición: Nueva York (USA)
Páginas: 300 (incluido glosario, índice de términos y ocho páginas de fotografías)

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