Auge y caída de las grandes potencias, Paul Kennedy


El cambio económico y el conflicto militar de 1500 a 2000

Con los calores (relativamente benignos este año en que tantas otras catástrofes nos acechan, incluyendo la muerte de la pobre Amy Winehouse) yo pensaba que me vendrían ganas de leer cosas más soft, como ZipiZape o El Código da Vinci Reloaded, pero no, me he puesto con un tochillo de historia y me lo estoy pasando pipa.

Al contrario de lo que parecen creer muchos profanos, nada parece asustar más a un historiador profesional que el compromiso de establecer pautas históricas a partir de hechos pasados. O por decirlo en pocas palabras, que le conviertan en un futurólogo. Generalmente, los historiadores no creen que podemos aprender de la Historia, o que podemos extraer determinadas enseñanzas de los hechos, con sus analogías evidentes: Munich 1938/Iraq 2004; Sarajevo 1914/Sarajevo 1992, etcétera. Los historiadores tienden a dejar eso a los políticos y sus ensoñaciones de café y a menudo consiguen con ello no hacer el ridículo (los políticos, en cambio, las más de las veces consiguen crear algún que otro monstruo ideológico y así nos va, con nuestros templarios noruegos). Como ha dicho Michael Howard en su reseña de este libro (de la que yo mangoneo muchas de las ideas más interesantes con total descaro) “la idea de que podemos aprender de la historia es algo de lo que cualquier historiador profesional suele abjurar”. Es más, los historiadores suelen desconfiar profundamente de los profetas excepcionales, tipo Arnold Toynbee, que surgen de sus propias filas, para establecer grandes ciclos históricos, regularidades y demás. Prefieren hacer hincapié en la singularidad de los acontecimientos, los sistemas de valores completamente distintos de las sociedades del pasado y la necesidad de separar o abandonar las preocupaciones y preguntas actuales antes de estudiar el pasado. La Historia, como disciplina, puede todo lo más, darnos una cierta perspectiva y una dolorosa sensación de que nos equivocamos siempre.

En Auge y caída de las grandes potencias, Paul Kennedy, prestigioso historiador británico de la Universidad de Yale, se apartó de este prejuicio. Apuntándose al carro de los grandes viajes históricos tipo Toynbee (aunque nada toynbeeano -¡qué palabreja!- en sus concepciones), Kennedy nos presenta un libro claramente destinado a ser leído por los responsables políticos (sobre todo por los de la gran potencia de los años 1980 y en la actualidad, Estados Unidos). Un precedente del de Kennedy puede buscarse en el del historiador alemán del siglo XIX Leopold von Ranke, en su análisis del destino, más unidos de lo que parece a simple vista, del imperio Habsburgo y del Otomano.

El libro, magistralmente bien escrito, claro, ameno y apasionante como una novela de intriga (lo cual tiene sus entretelas, si tenemos en cuenta que sabemos lo que le pasó a Felipe II, a Luis XIV, a Schlieffen y a Hitler), puede leerse en dos niveles. Por un lado se presenta la tesis principal del libro, es decir, porqué las naciones ascienden o descienden del grado de potencias, o de potencias dominantes en el panorama mundial (antes de 1850, europeo, básicamente), y por qué el proceso continúa. En el otro nivel, se puede leer como una historia del ascenso y caída de Europa y sus imperios y de la confrontación entre las superpotencias que siguió a 1945. A este respecto, muchos libros que se quedan en la guerra fría parecen anticuados. El de Kennedy, que fue publicado en 1987, dos años antes de la caída del Muro de Berlín, contiene muchos indicios sobre el futuro de la URSS y de la OTAN, del auge del fundamentalismo, del cul de sac de la guerra nuclear y de las potencias emergentes. Conviene decir que Mr. Kennedy acierta en prácticamente todas sus predicciones. ¿Será solo una presunción académica el que los historiadores se nieguen a ser profetas, cuando los buenos generalmente aciertan en sus predicciones?

La tesis principal del libro es fácil de resumir (sobre todo después de que Kennedy la haya explicado, claro). Cuanto más aumenta el poder de un estado, mayor es la proporción de sus recursos que dedica a su mantenimiento. Si una proporción demasiado grande de los recursos nacionales se destinan a fines militares, esto a la larga conduce a un debilitamiento del poder. La capacidad de sostener un conflicto con un estado de una potencia comparable o una coalición de estados rivales depende en última instancia de la fuerza económica, sin embargo los estados en el cenit de su poder político suelen estar ya en un estado de declive económico comparativo, y Estados Unidos no es una excepción a esta regla. El poder sólo puede mantenerse por un prudente equilibrio entre la creación de riqueza y de los gastos militares y las grandes potencias en declive casi siempre aceleran su desaparición por el cambio del gasto de la primera a la segunda. España, Holanda, Francia y Gran Bretaña hicieron exactamente eso. Y, según Kennedy, le llegará también el turno a Estados Unidos. Como ha dicho Howard: “En las manos de un panfletista político, la búsqueda de pruebas para probar esta idea probablemente hubiera llevado a la corrupción histórica y la propaganda –cuando no a una visión demasiado anglocéntrica del mundo-, pero cuando de ello se encarga un erudito cuidadoso, metódico y enormemente preocupado por examinar los hechos con distancia como el señor Kennedy, el resultado sólo puede ser una mejora de nuestra comprensión histórica y una nueva iluminación de los problemas de nuestro tiempo”. Toma castaña.

El modelo de mucha extensión/decadencia de Kennedy se explica con muchos ejemplos. A comienzos del siglo XVI España, la primera gran potencia europea como tal, hereda una serie de grandes compromisos dinásticos en Europa y las conquistas de América. A pesar de la extraordinaria capacidad combativa de sus soldados, la defensa de estos compromisos suponía una escala de gastos que España no podía cumplir. Como los neoliberales de Estados Unidos en la actualidad, los ricos españoles se negaban a contribuir económicamente a la defensa de su imperio. La guerra española en el extranjero tenía que ser financiada con una mezcla, explosiva a la larga, de déficit y de inflación, esto es, de deudas y de subida brutal de los precios, el peor castigo para las clases humildes que soportaron –especialmente las de Castilla- el peso de los 150 años de hegemonía.

Kennedy sostiene que España duró tanto en el primer puesto porque su principal adversario en el momento, Francia, gestionó tan mal los recursos como los Habsburgo. A finales del siglo XVI, sin embargo, con Luís XIV, Francia ya había desarrollado un sistema de gestión burocrática y militar que le permitió explotar sus recursos económicos para enfrentarse a una coalición de las otras potencias europeas empeñadas en impedir que una sola nación se hiciera con el poder absoluto en el Continente. Luego Francia se excedió demasiado en sus pretensiones, su economía no pudo pagar un ejército cada vez más caro hasta que su participación en la Guerra de Independencia americana la dejó en un estado de bancarrota y la Revolución Francesa la hizo navegar por otros cauces. Las guerras napoleónicas son descritas a grandes rasgos como grandes operaciones de saqueo en las que se obligó al resto de Europa a pagar su propia sumisión.

Y llegó el turno de Gran Bretaña. Su fuerza no estaba en su ejército, sino en su economía. A lo largo del siglo XVIII construyó un potente sistema de comercio generado por el crédito fácil privado (que le había faltado tanto a Carlos V como a Felipe II o a Luis XIV) que le permitió pagar una armada que protegía su sistema comercial y destruir el de los adversarios. Al mismo tiempo, Gran Bretaña fue capaz de crear el capital para financiar la tecnología de la Revolución Industrial que le daría una ventaja increible sobre sus rivales más cercanos durante medio siglo. Este proceso combinado permitió a Gran Bretaña triunfar en las guerras napoléonicas y convertirse en el país más poderoso, a pesar de su mínima contribución militar en la guerra, por lo menos en tierra.

Pero como a todo cerdo le llega su San Martín (no va con segundas esto), a finales del siglo XIX Gran Bretaña ya había perdido su liderazgo económico y se veía obligada a destinar cada vez más recursos al mantenimiento de la Armada. La potencia que amenazaba el poder de Albión era, como no, la Alemania nacida de las victorias de 1866 y 1870, la Alemania de Bismarck, de Krupp, de Siemens. Cuando los británicos tuvieron que enfrentarse a Alemania en 1914 en una guerra prolongada, solo el apoyo de Estados Unidos hizo posible el triunfo de los aliados. Una vez que, en 1919, los norteamericanos volvieron a abstraerse de la política europea, después de que Wilson hubiera toqueteado el mapa del continente como en un monopoly suicida, Gran Bretaña descubrió que no podría pagar por el control y la protección de sus posesiones imperiales.

Gran Bretaña debió su época hegemónica no solo a su poder económico, sino a la habilidad de sus hombres de estado para mantener el consenso interno del país, el apoyo de las élites y la capacidad para encontrar aliados en el exterior (como decían en Si, Primer Ministro, los británicos siempre han procurado enfrentar al resto de países europeos entre ellos para continuar mandando). Kennedy insiste mucho en la importancia del liderazgo político: la ausencia de un liderazgo político inteligente después de Bismarck condujo a Alemania a las dos guerras mundiales: la extraordinaria riqueza de la que los alemanes gozaban en 1914 era impresionante y podemos imaginar qué hubieran podido hacer de no haberse embarcado en sus aventuras wagnerianas. Después de Bismarck no pudo mantenerse un consenso entre todas las clases sociales y sus pretensiones eran vistas por las demas potencias (todas las demás potencias para ser más exactos) como una amenaza. El resto ya lo sabemos.

Una vez puesta en liza, la eficacia económica y la extraordinaria capacidad militar de Alemania hubiera bastado para ganar la Primera Guerra Mundial, de no haber provocado deliberadamente a los Estados Unidos, una potencia de una magnitud sin precedentes contra la que Alemania no podía hacer nada en una guerra total de larga duración. Alemania todavía salió de la derrota de 1918 siendo la primera potencia económica de Europa, pero su programa de rearme a partir de la década de 1930 volvió a enfrentarla a todas las demás potencias (excepto a las otras dos potencias medianas emergentes, Italia y Japón, que como Alemania habían aparecido en el panorama mundial en la segunda mitad del siglo anterior). No fue hasta 1942 que Hitler comenzó a movilizar completamente sus recursos económicos, y para entonces a se enfrentaba a dos monumentales adversarios, la URSS y Estados Unidos.

Después, llegó el turno de Estados Unidos (el que se aburra que espere un poco, ya estamos casi al final). Como Gran Bretaña después de las guerras napoléonicas, su economía se vio estimulada en lugar de debilitada por el conflicto mundial. Mientras su supremacía no se vio discutida por ningún rival, Estados Unidos asumió una serie de compromisos planetarios ante los cuales, Luís XIV o Palmerston hubieran retrocedido espantados. La recuperación europea –que no se debe, exclusivamente, al tan cacareado Plan Marshall que tan bien conocían en el pueblo de Pepe Isbert-, de la URSS y Japón, así como la lenta emergencia de China, fueron reduciendo el poder de América. Naturalmente, Estados Unidos ha asignado una cantidad mayor de sus recursos en gastos de defensa (eufemismo para decir, armas para atacar a todos). Estados Unidos se encuentra en la misma posición que España o Francia en sus respectivos siglos de hegemonía (aunque Obama no conseguirá jamás que Tiziano le pinte un cuadro, que todavía hay clases…). Su combinación de deuda externa y déficit ha llegado a poner en peligro la estabilidad de todo el sistema de libre mercado (en eso estamos ahora, gracias a Greenspan y sus equilibrios financieros). En resumen: conserva su poder solo porque su adversario principal (una combinación de la Unión Europea, Rusia y China) son economías peores y tienen las mismas lacras.

En definitiva, un libro de gran alcance, teóricamente interesante, escrito por un gran historiador, que ilumina el presente con el pasado y sin que sirva de precedente.

Saludos y buenas lecturas.

Nº páginas: 1008 pags
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo
ISBN: 9788497931670
Colección: ENSAYO HISTORIA
Nº Edición:1ª , Debolsillo
Año de edición:2004
Plaza edición: BARCELONA

10 pensamientos en “Auge y caída de las grandes potencias, Paul Kennedy

  1. Más que reseña una magnífica exposición sobre la temática del libro.

    Un clásico absoluto e imprescindible. A mi me encantaba mi edición en dos tomos, con el Kaiser Guillermo en la portada del segundo.

  2. Excelente amigo Leiva, yo diría que una excelente reseña que expone de forma excelente el contenido del libro. Como ya habéis apuntado, un imprescindible en toda buena biblioteca.

  3. Muchas gracias por la reseña Leiva, lo leeré estos días y ya comentaré algo. Lo tengo desde hace algún tiempo pero de momento estaba hierático en la estantería.

  4. Hoy, depués de volver a la vida real, me encuentro con esta reseña. Menudo resumen. La mejor reseña en mucho tiempo. Creo que voy a comprar el libro. Necesito un poco de perspectiva………

    ¿Qué digo? Apuesto a que lo más interesante ha tenido que ser la parte del auge de Gran Bretaña. Tiempos interesantes.

  5. Bueno, acabo de comprarlo, el de dos tomos. Supongo que será el de Urogallo. Por 10 euros en iberlibro, no he podido resistirme.

    Saludos.

  6. Esplendida exposición sobre el contenido del libro, Leiva. Esto no es una reseña, alcanza la categoría de recensión. Y menuda tesis la del autor…
    Gracias aunque con retraso.

  7. Nunca es tarde si la dicha es buena. Excelente reseña, habrá que leer el libro. Si el historiador hace ese análisis de Gran Bretaña ¡magnificó! El Reino Unido siempre se alió, manipuló o “vendió” su alma al Diablo con tal de mantener el poder y su política a costa de lo que fuese y muy por encima de lo que hicieron otras naciones (incluido el Imperio español)…

    Un saludo.

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