Al borde del abismo, Richard Overy

Diez días de 1939 que condujeron a la segunda guerra mundial.

En la primavera de 1939 varios agentes del Abwehr, el servicio de espionaje militar alemán, viajaron a Ámsterdam con la idea de adquirir 150 uniformes militares holandeses. El Abwehr pensaba utilizarlos para que sus “turistas” y los comandos del regimiento Brandenburgo engañaran a los piquetes holandeses que defendían los puentes sobre el Mosa y el Rin. No es aquí el momento de hablar de la suerte que corrió la operación alemana, que efectivamente se realizó con éxito el 10 de mayo de 1940. Pero los agentes alemanes no pudieron hacerse con los uniformes en Ámsterdam. Se habían puesto en contacto con un sastre judío, pero éste se olió algo raro y avisó a la policía, la cual detuvo a los agentes alemanes y a varios colaboracionistas holandeses. Los uniformes procedían del atrezzo de una opereta que hacía poco se había representado en una pequeña ciudad del norte de Alemania.

Lo que más me gusta de esta rocambolesca historia es la imagen tan acertada del clima de improvisación, chapuza y amateurismo que da; es precisamente la imagen que uno se hace de esos primeros momentos de la Segunda Guerra Mundial. Es mi periodo predilecto, desde la invasión de Polonia hasta la Batalla de Inglaterra, o sea desde septiembre de 1939 hasta el verano de 1940. Por eso he leído con mucho agrado este conciso librito de Richard Overy, uno de mis historiadores preferidos, sobre los últimos días de paz en agosto de 1939, antes de que la gran tormenta nazi se abatiera sobre Polonia y luego sobre todo el mundo civilizado. Overy publicó 1939, Countdown to war, en 2009, cuando se cumplían los setenta años del estallido de la guerra. Una gran parte de sus fuentes procede de documentos secretos de los servicios de inteligencia británicos, franceses, alemanes y polacos, junto con diarios personales y otros documentos de los archivos nacionales. Por cierto: si ahora ya no hay costumbre de llevar diarios, ¿qué consultarán los historiadores futuros para saber qué pensaban los políticos, las entradas de Twitter?

Igual que los libros cortos de John Lukacs, el de Overy constituye una pequeña obra de arte narrativa y además tiene la virtud de introducirnos en el proceloso mundo de la diplomacia, de los mediadores, las informaciones a medias y la “niebla de paz” que satura cualquier negociación y tira y afloja entre rivales. Sin embargo, el libro no es una historia del periodo de entreguerras (aunque, obviamente, Overy nos pone en antecedentes con gran maestría), sino únicamente un retrato de la situación de la última semana de paz, entre el 24 de agosto y el 3 de septiembre de 1939, fecha en la que Gran Bretaña y Francia declaran la guerra a Alemania. El 24 de agosto, alemanes y rusos habían concluido uno de los tratados diplomáticos más decisivos de la historia del siglo pasado, el llamado pacto Molotov-Ribentropp. Fue uno de los mayores éxitos de Hitler, que aislaba a la URSS de una posible alianza con los aliados occidentales, evitaba una guerra en dos frentes, la pesadilla de Alemania en 1914 y sentenciaba a muerte a Polonia. De hecho, la guerra iba a estallar al día siguiente, 25 de agosto. Pero Hitler postergó el ataque, para tensar más el desafío y para confundir a los aliados, en un último intento de apartarlos de Polonia. Sin embargo, ya no podía dudar otra vez, a riesgo de quedar en ridículo ante sus generales.

El destino de Polonia y la valentía con la que los polacos hicieron frente a las demandas nazis están en el centro del libro de Overy. Los polacos sabían que el asunto del corredor de Danzig no era más que la excusa de la que Hitler se valía para humillarlos y destruirlos. Danzig representaba todo lo que los nazis odiaban: el estado polaco era, según Hitler, un producto del Tratado de Versalles, y por tanto debía ser desmembrado y aniquilado. Los polacos no cedieron a las presiones de Hitler y Gran Bretaña y Francia decidieron no repetir la humillación de Munich de 1938. Se advirtió a Hitler de que Polonia no sería abandonada como Checoslovaquia. Sin embargo, Hitler no creía que los aliados cumplieran sus promesas. Su intención era aislar el conflicto polaco, evitando una guerra con las potencias occidentales (confesó a Raeder que una guerra con Gran Bretaña significaría el finis Germaniae, una de las pocas cosas en las que Hitler no se equivocó a lo largo de su vida de oráculo aficionado). Polonia iba aconvertirse en la base de la expansión nacionalista alemana hacia el Este, un programa fantasioso y brutal que, dicho sea de paso, era de una naturaleza tan improvisada como la adquisición de los uniformes holandeses a los que hice referencia antes. Las similitudes acaban ahí: lo que hicieron los alemanes en Polonia a partir de 1939 fue un simple y asqueroso asesinato de masas. Sin embargo, Hitler y su camarilla, en la que se incluían personas que luego han sido santificadas –casi todo el generalato, sin ir más lejos- creían que su agresión estaba justificada por el desafio que significaba Polonia para la nación alemana, siempre mancillada.

Naturalmente, Danzig solo fue la punta del iceberg. Tanto los aliados como los alemanes hicieron sus cálculos durante esos días, sondearon al rival y escondieron sus mejores cartas. El romanticismo y el pragmatismo más brutal pueden conjugarse con sorprendente coherencia. La historia diplomática de la Segunda Guerra Mundial es a menudo, por no decir siempre, mucho más interesante que la militar, porque dice mucho más sobre la condición humana puesta al límite que los bombardeos o las bayonetas. Asistimos a un ir y venir de embajadores, de mediadores más o menos oficiosos, a los intentos de Goering por evitar la guerra, mientras conocemos a los principales actores del drama: Hitler, naturalmente, Ribentropp, Dahlerus, Halder, Mussolini y Ciano, y Chamberlain, por el que Overy no puede ocultar su admiración, Reynaud y Daladier, Gamelin, Spears, Leo Amery, Churchill, Halifax, Cadogan, Nicholson…

Overy también analiza los condicionantes humanos que pesaron sobre las personas que debían decidir sobre la guerra y la paz en esos días, unos condicionantes que pesaron mucho más en ocasiones que las ideologías. El orgullo de las naciones, la obstinación, la creencia en ambas partes de que la razón y el derecho les asistían son algunos de los motivos de que la crisis se precipitara. Enfrentados a la toma de decisiones, no conociendo del rival más que informaciones fragmentarias alimentadas por los prejuicios y los desos, los negociadores quedaron recluidos en su propia “caja mental” desde la que hubieron de decidir sobre la vida y la muerte de millones de personas, compatriotas y enemigos. No es de extrañar, pues, que el agotamiento de los protagonistas, en especial de los dos líderes enfrentados, Chamberlain y Hitler, también jugó un papel decisivo. Días después de la declaración de guerra, Chamberlain confesaba a su hermana que durante los días de la crisis la tensión y el esfuerzo le habían hecho perder la noción del tiempo. Como se desprende de los testimonios de algunos de los implicados, la guerra constituyó al final un gran alivio, una sensación de que las cosas ya eran ineludibles y que todo estaba ahora mucho más claro. Pero lo que sostiene Overy es que, aún cuando la guerra estalló en 1939, perfectamente podría haberse postergado (como lo fue en 1938) o comenzado de otra forma: “lo que sigue tiene como propósito demostrar que nada de lo sucedido en la historia es inevitable”: no es que el autor sostenga que la guerra podía evitarse; simplemente sostiene que la fecha y el lugar en que se iniciaron sí que podían haber sido bien diferentes.

En suma, un libro entretenido, bien escrito y lleno de sugestivas ideas.

Salud y buenas lecturas.

  • Tapa blanda: 168 páginas
  • Editor: Tusquets Editores, S.A.; Edición: 1 (30 de agosto de 2010)
  • Colección: Tiempo De Memoria
  • Idioma: Español
  • ISBN-10: 8483832569
  • ISBN-13: 978-8483832561

8 pensamientos en “Al borde del abismo, Richard Overy

  1. Buenas, Leiva,

    He leido el libro este verano, y ciertamente me encantó. Era lo primero que leía de Overy. Rigor, sencillez, interpretación, son características que me gusta ver en un buen libro de historia. Me gustó tanto que también leí seguidamente “El camino hacia la guerra”, muy buen libro, pero un poco peñazo, por corto que sea.

    Desde luego, y en mi humilde opinión, tarde empezó la guerra si analizamos los acontecimientos que habían sucedido en estos turbulentos años.

    Saludos.

  2. Excelente reseña para un libro interesante, si bien muy centrado en los acontecimientos de agosto del 39. Coincido con Leiva en que la historia dipolomatica de la IIGM es muy inteseante, sobre todo en los dos primeros años del conflicto. A tal respecto recomiendo por considerala una pequeña obra maestra el libro de Ian Kershaw “Decisiones trascendentales” que analiza las decisiones adoptadas por las grandes potencias entre mayo de 1940 y diciembre de 1941. Y es una pena que esté descatalogado el libro de Andreas Hillgruber “Objetivos de guerra y estrategia de las grandes potencias”.

  3. Ese de Hillgruber me pareció una obra maestra. Lo leí hará cosa de un año, y me dejó marca. No hay que engañarse con lo corto que es. Realiza un análisis de los objetivos de las grandes potencias durante la guerra como pocos , creo yo, que pueden hacer.

  4. No dice nada, ROGER. Está centrado casi sólo y exclusivamente, según creo recordar, en el análisis de las posibilidades que los primeros ministros y sus gabinetes, de Gran Bretaña y Alemania sobre todo, podrían haber tomado en esa última y fatídica semana y en analizar el ulterior desarrollo de los acontecimientos, hasta el comienzo de la guerra.

  5. Enhorabuena una vez más, “maestro” Leiva.Cuando uno lee tus reseñas se siente impelido irremediablemente a adquirir el libro que tan hábilemente has diseccionado. El único problema es el tiempo – para leer -, el espacio – para los libros – y el dinero. Este, desde luego, no me lo voy a perder tanto por el tema – esos frenéticos días del año 39 – como por el autor – el genial Overy -.

    Felicidades de nuevo y saludos a todos (geniales recomendaciones las que hacen J. Ignacio e Isidoro de dos “pesos pesados” como Hillgruber y Kershaw ¡Qué nivelazo teneis!. Así da gusto)

  6. Gracias a todos. José Sebastián, celebro que te gusten las reseñas que hago. Intento siempre darles un pequeño aire literario, porque me gusta escribir. Efectivamente, el libro de Hillgruber es magnífico.Desgraciadamente, el tiempo, la pasta y el espacio son impedimentos para todo lector compulsivo.

    Saludos y buenas lecturas

  7. Bien escrita también está esta reseña, Leiva, sobre un libro que parece estar muy bien escrito y planteado.

    Parecen de gran interés esos prolegómenos que se dieron tras “el telón”.
    Lo de la manía de Hitler a Polonia era otra “paranoia” más. A Polonia ya la habían despedazado prusianos, rusos y austriacos durante los siglos XVIII y XIX pero ya había sido una potencia continental en el XVI y XVII, cosa que Alemania no había olido ni de lejos -por poner un ejemplo.

    Y ciertamente, Roger, la SGM podía haber empezado en el verano de 1936 si la diplomacia franquista no hubiera sido tan extremadamente eficaz.

    Saludos y gracias, leiva.

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